INTERROGANTES, REFLEXIONES Y ALGUNA QUE OTRA CERTEZA SOBRE UNA GESTALT PARA LA SOCIEDAD DE HOY EN DIA (III): INTER-VENCION.

El PHG establece el contacto como la “clave de bóveda” a partir de la cual edificará todo el edificio conceptual de lo que en su momento fue la Terapia Gestalt a modo de “movimiento de liberación” con respecto al psicoanálisis.

De ese modo, y a partir de la deslocalización del self con respecto al paradigma individualista que a mediados del pasado siglo encarnaban las prácticas psicoanalistas y bebiendo de las fuentes de los cambios sociales generados en torno a los acontecimientos de mayo del 68, la terapia Gestalt, propone un nuevo tipo de antropología y de comprensión de la realidad social de la que emerge un nuevo tipo de práctica psicoterapeútica, en una síntesis creativa entre Fritz, Laura Perls y Paul Goodman.

De este modo la TG emerge desde una nueva relectura de la realidad social que busca nuevas maneras de resolver la conflictiva del encaje de la persona con respecto a la realidad social. Asunto éste que plantearía Freud de una manera lúcida en “El malestar en la cultura”.

Desde esta mirada, la TG nace con una vocación transformadora, no ya solo desde la ruptura con el paradigma psicoanalítico, sino en clave propositiva, generando un nuevo “corpus” teórico y sobre todo práctico, a partir de una praxis provocadora, que instaba a recuperar la plenitud de los sentidos, a disolver las alienaciones generadas bajo el manto social conservador, patriarcal y xenófobo de los Estados Unidos en la década de los años 50.

No en vano desde la mirada goodmaniana del campo organismo/entorno introducimos en nuestra manera de entender la realidad no ya solo el campo social sino la idea de que no podemos entendernos a nosotras mismas sino es desde lo social, que no existe un yo si no hay un nosotras.

En este sentido a  medida que el sentir social ha ido evolucionando la TG ha ido progresivamente prestando nuevos subrayados más allá de la necesidad de trabajar para la emancipación del yo con respecto a la sociedad autoritaria y persecutora de los 50, a desarrollar una más amplia paleta de colores a partir de la cual responder a los nuevos requerimientos sociales planteados por la persona ante las nuevas necesidades de inclusión que presentan los nuevos escenarios sociopolíticos actuales, donde la dificultad de sentirse en la relación tiene que ver con la liquidez que esta presenta, donde “la excitación que debiera llevarse al contacto se convierte en energía no definida”, en palabaras de Margherita Spagnuolo.

La TG , y en concreto la aportación a la misma de Goodman, ofrece una respuesta: quizá una clave para la intervención psicoterapéutica (u otro tipo de prácticas como las pedagógicas, las de la intervención social, las clínicas…) descanse sobre un nuevo paradigma que supere la mirada individualista y la desplace al campo organismo/entorno, de forma que aporte un nuevo suelo en que basar el trabajo sobre la RELACIÓN, sobre el CONTACTO con el otro, que sea capaz de apoyar y restaurar la capacidad de enlazarse y de volver a tejer las redes sociales que poco a poco han ido desdibujándose, que apoye el enraizamiento en torno al cuerpo, la capacidad de sabernos sentir en relación. Tal y como afirma Spagnuolo: “La lectura gestáltica del miedo líquido corresponde a un sentir en el que la excitación que debería llevarse al contacto se convierte en energía no definida, falta el reflejar y la contención relacional, el sentido de la presencia del otro, la “pared” que nos permite saber que nos tenemos” (“El ahora para lo siguiente en psicoterapia” Spagnuolo, 2011.)

Así pues, desde mi punto de vista, cualquier prestación de servicios psicoterapéuticos (o de otro tipo) que no integre la dimensión relacional no será capaz de ofrecer una alternativa eficaz sanadora en este momento social, o de tejer una propuesta alternativa a la tendencia psicopatologizadora, biologicista e individualista que nos rodea.

En esa clave creo que es fundamental recuperar el valor de la situación no ya solo desde  un punto de vista explicativo sino fundamentalmente como territorialización, según la reflexión de Deleuze

“Influenciado por el mundo animal y vegetal, Deleuze emplea la palabra “territorio” para referirse a la potencia particular de cada individuo: es el espacio que ocupa un cuerpo vivo mediante los afectos de los que es capaz.

Esta potencia busca crecer y anexionarse más territorio. Los seres humanos, las plantas los animales… poseen un territorio que no se delimita por contornos fijos, sino que se encuentra en continuo movimiento porque está determinado por la fuerza vital de cada cual” (El deseo según Gilles Deleuze, de Maite Larrauri. Los libros de frontera)

Según esta mirada el trabajo psicoterapeútico puede apoyar los procesos de territorialización de las personas con las que trabajamos.

El territorio no es el decorado o el marco desde el que evolucionan nuestras vidas, desde una perspectiva de campo creamos nuestro territorio y somos creados por él.

Así pues territorializar sería poder trabajar en favor de la recuperación de la potencia, “la virtualización de la vida, la desterritorialización forzada y brutal que hace de nosotros una entidad desenraizada, simple cantidad de energía deslocalizable y modelizable en función de las necesidades del economicismo y del poder disciplinarios produce impotencia” (Miguel Benasayag. “El compromiso en una época oscura”). De hecho, el propio concepto de ‘situación’ está en el corazón del pensamiento del filósofo y piscoanalista Miguel Benasayag, para el cual es la “unidad que permite volver a territorializar la vida, el pensamiento y la acción” en el desgarrón de la posmodernidad.

En este sentido, creo que podemos hablar pues de la dimensión política de nuestra intervención, en tanto en cuanto podamos co-construir procesos de territorialización, desde donde aumentar el nivel de potencia, a modo de ajuste creativo, colaborado de este modo en la generación de nuevos campos relacionales, y por tanto generando nuevas realidades políticas.

Cuando hablamos de potencia creo que debemos de hacer una precisión aclaratoria con respecto al concepto de poder.

Según Foucault, para analizar el poder, debemos dejar de pensar que existe un poder absoluto, si no, diversas relaciones de poder en donde el hombre es actor principal. No se queda en la distinción de “quienes lo tienen” y de los que “no lo tienen” porque el poder no es una propiedad, no es algo de la exclusividad de una persona o de un grupo determinado, no es ni una  entidad, ni una institución fija”.

Foucault enfoca el poder, no como una sustancia o un proceso o una fuerza: “No existe algo llamado Poder, con mayúscula o con minúscula o un poder que existiera globalmente, masivamente o en estado difuso, en forma concentrada o distribuida… El poder sólo existe cuando se lo traduce en acción… Es un conjunto de acciones sobre posibles acciones” (Dreyfus, 1990: 71).

Desde esta perspectiva el poder estaría en cualquier parte y en todo, como micropoder: en las relaciones familiares, en las laborales, en las sentimentales y hasta en las relaciones sexuales. Incluso cuando nombramos el concepto de empoderamiento.

Mientras que potencia, según la mirada de Spinoza, sería “aquello que un cuerpo, agenciado con otros cuerpos, desarrolla por su propio conatus, es decir su tendencia a perseverar en su ser”

En su Abécedarie, Gilles Deleuze retomaba la distinción entre potencia y poder afirmando que “Un poder es aquello que siempre separa un cuerpo de su potencia de actuar”. Es por ello que la intervención sobre el sufrimiento ético y político está íntimamente relacionado con la potencia, con el territorio… Es decir, con la recuperación de la espontaneidad de la función personalidad en términos de ajuste de inclusión creativo.

Recuperar la potencia es, por tanto, volver a recuperar la flexibilidad, superar las alienaciones de la función yo para poder recuperar la espontaneidad, el ajuste creativo. Implica volver a recuperar las diferentes posibilidades del actuar: supone en definitiva, un acto político.

Por otro lado, en este momento social adquiere una especial relevancia, debido al debilitamiento de los vínculos comunitarios, el sostén de las relaciones comunitarias y del trabajo en relación a la territorialización comunitaria… aún contamos con unas notables reservas de capital comunitario, pero por otro lado percibimos las diversas amenazas a las que está sometida y las indeseables consecuencias personales que sufrimos cuando se debilita la comunidad.

La experiencia de aislamiento a la que hacía referencia en el anterior apartado hace especialmente necesario la construcción de discursos y prácticas encaminadas a subrayar la necesidad de la reconstrucción de los vínculos con la comunidad.

Desde el punto de vista de la dimensión ética de nuestra intervención tal y como la he encuadrado en este texto, me parece clave traer un texto de Jean Marie Robine acerca de la psicoterapia como ética:

“La psicoterapia me parece definirse, entre otros constituyentes, por el hecho de que hay uno que se preocupa por el otro, que uno ejerce así una cierta forma de responsabilidad hacia el otro, que el uno es para el otro. Cuando hablo de la responsabilidad que ejerce el terapeuta, no digo que éste decide por su paciente, organiza por él para él o hace de sustituto de una función yo que, precisamente, pretendemos que recobre. Esto tampoco quiere decir que estoy obligado a saber si voy a ser capaz o no de hacer algo para él, que lo voy a hacer o no. (…)

El ser-con de los fenomenólogos, al que se refieren de buena gana los terapeutas gestálticos, está precedido por un ser-para-el-otro por parte del psicoterapeuta que tendrá, tal vez, el verdadero ser-con como mira, puesto que es una modalidad.

Para Levinas, esta modalidad del ser con el otro, que pertenece al ámbito de la responsabilidad, él lo llama Ética.

Lo que podría querer decir que no hay una ética de la psicoterapia, sino que la psicoterapia es una ética, ya que es una de las declinaciones del ser para el otro.”

Es decir que implícitamente existe un ser-para-el-otro que emana de nuestra práctica en términos de acogida, escucha, respeto y cuidado del paciente que creo importante recuperar en contraste al sufrimiento ético que citaba con anterioridad.

El proceso terapeútico, desde esta perspectiva aporta a las personas con las que trabajamos una condición ética de posibilidad para la recuperación de la potencia dentro de las relaciones de su entorno, trabajando en favor de la recuperación de las partes alienadas de su función personalidad.

Por otro lado, la propuesta del contacto como piedra angular de nuestro enfoque creo que puede aportar otro elemento de contraste frente a la dispersión de la hiperactividad neoliberal (Byul Chul Han) “El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se transforma en autoexplotación. Es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad.(…) Las enfermedades psíquicas de la sociedad del rendimiento constituyen precisamente las manifestaciones patológicas de esta libertad patológica” y frente a ésta el autor plantea la contemplación, la vita contemplativa en términos nietzscheanos, no como un abrir-se pasivo que diga sí a lo que viene, más bien como acción soberana que dice no.

Desde ahí la Terapia Gestalt aporta un espacio contemplativo activo donde la persona pueda experimentar-se activamente ensayando con un otro social que le permita volver a dibujarse más allá de un tiempo acelerado y de una autoexplotación hiperactiva, y poder así recuperar la potencia negativa (la capacidad de decir no) frente a la potencia de la positividad neoliberal (que dice siempre que sí).

Es desde la base del contacto y de la presencia situada del otro social desde la que construimos.

En clave de sufrimiento ético, y desde la mirada de la discriminación en relación al género nos recuerda la historiadora Joan Scott (2010) que el género solo es útil como una pregunta, y que en tanto tal no encuentra respuesta sino en contextos específicos. Así pues y tomando en cuenta cómo claves tales como raza, clase, género, sexualidad, (u otras nuevas diferencias que pueden generar desigualdades significativas y dominación en la vida social como la nacionalidad, la religión, la edad y la diversidad funcional) es clave poder interrogarse cómo, en clave de interseccionalidad situada, la persona que tengo delante en un contexto terapeútico encarna este sufrimiento, para poder estar presente al proceso en que una figura emerge de este “fondo interseccional” que se actualiza en la situación presente y en la que de algún modo terapeuta y paciente co-construyen.

Si ciertamente la TG surge como respuesta frente al stablishment sociopolítico alienante de la sociedad norteamericana de los años 50, quizá en este momento sea pertinente seguir preguntándonos si permanecemos fieles a ese movimiento de respuesta que significó la propuesta del PHG y sobre todo si estamos siendo capaces de traducirla, de actualizarla con respecto a este momento social en que vivimos.

 

 

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