INTERROGANTES, REFLEXIONES Y ALGUNA QUE OTRA CERTEZA SOBRE UNA GESTALT PARA LA SOCIEDAD DE HOY EN DIA.

Comienzo el curso, después de un largo periodo de descanso bloguero, compartiendo, en varias entradas, la exposición que desarrollé en el III congreso nacional de la AETG “Compartiendo inquietudes” en Málaga, el pasado mes de abril, dentro del Simposium Social; donde resumo, reordeno y añado algunas de las reflexiones que ya venía compartiendo en este blog, y que espero os resulten interesantes.

Podéis ver, y oír, parte de mi intervención si pincháis aquí.

En este momento de la historia de la humanidad nos encontramos, tal y como afirmaba Zygmunt Bauman, en un momento social “líquido”, de tal modo que tras el paso por la modernidad (que nos trajo la Primera Revolución Industrial) hemos ido entrando paulatinamente en un nuevo período post-moderno donde la ideología neoliberal de mercado ha calado en el imaginario colectivo hasta el punto de condicionar no sólo las relaciones de producción y consumo, sino fundamentalmente la manera en que nos vinculamos entre nosotras como personas y con respecto a nuestras comunidades de referencia. Esta realidad  supone un fondo experiencial que todas las personas compartimos y que sin duda se encuentra en la base de no pocos malestares relacionados con nuestra salud mental.

Eva Illouz (Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo, Buenos Aires, Katz, 2007) subraya la aparición de una “nueva cultura de la afectividad “en la que las relaciones económicas han adquirido un carácter profundamente emocional y las relaciones íntimas se definen cada vez más por modelos económicos y políticos de negociación.

Illouz llama “capitalismo emocional” a este estado de cosas –que se apropia de los afectos hasta convertirlos en mercancías– para dar cuenta de la transformación producida en el nuevo estado de civilización al incorporar en las estructuras públicas la intimidad y en las relaciones íntimas un lugar central al modelo económico y político de negociación e intercambio.

Frente a esta realidad sociocultural que de algún modo conforma una “atmósfera” que nos rodea, cabe preguntarnos cuál es el papel de la psicología o de las psicoterapias (especialmente de la Terapia Gestalt) con respecto a esta realidad.

Cabría reflexionar sobre el papel de las mismas en relación a la esfera social, o a los procesos de transformación de las mismas… hasta el punto de poder preguntarnos si realmente las psicoterapias han colaborado en la construcción de un mundo mejor… o si han colaborado con la alienación de la población en relación a las estructuras y a los dispositivos de poder (en palabras de M. Foucault).

Quizá sea este un primer interrogante al que responder, que seguramente es demasiado ambicioso para este trabajo, pero del que deriva otro al que trataré de dar respuesta en este texto: ¿aporta la Terapia Gestalt un elemento de contraste en relación a este momento social neoliberal alienante? Si es así, ¿de qué manera contribuye?

El título de este simposium nos invita precisamente a interrogarnos acerca de nuestro papel como terapeutas en relación a nuestro contexto social, es decir (y siguiendo su etimología latina) a “inter” – “rogarnos”, es decir a realizar una petición entre todas, recogiendo el espíritu de este encuentro y también de estas líneas que siguen.

  1. UN MODELO DE SOCIEDAD EN CRISIS.

Tras ya pasados unos nueve años después del “crack” del 2008, podemos afirmar que seguramente no es que nos encontremos ante una crisis social, sino frente a una sociedad en crisis, o frente una crisis de modelo.

En palabras de Josep Ramoneda, en este momento nos encontramos ante una crisis poliédrica con diferentes caras.

CRISIS POLÍTICA o crisis de la democracia.

Este proceso inicia a principios de los ochenta con una crisis nihilista, que opera en este caso bajo el parámetro de que “No hay límites para nada” ni para las finanzas, ni para la tecnología… se desata una nueva conciencia, una nueva conciencia narcisista según la cual podríamos conquistar el mundo a través de la tecnología.

La consecuencia de este proceso es el inicio del neoliberalismo económico y político, donde una de sus ideas-fuerza es que cuanto menor sea la regulación política de los Estados menos trabas tendrá esta nueva realidad sociopolítca en poder abrirse paso.

A partir de ese momento comieanza a surgir la idea de un Estado muy menguado, pero muy intervencionista… un Estado que se espera que haga unas funciones absolutamente auxiliares de legalidad, seguridad e infraestructuras. Pero sobre todo se dibuja un Estado que propague la ideología de mercado a todas las instancias sociales: la educación, la sanidad, las relaciones, la identidad , los comportamientos más individuales… se contaminan por este discurso de mercado, a partir del cual  hay que convertir cualquier conducta en una conducta mercantil. Por eso todo se gestiona, todo se convierte en management.

Este momento político nos ha mostrado la Incapacidad de la política local y nacional de hacer frente al poder financiero internacional, mientras encontramos una gobernanza desde espacios como el Banco Central Europeo o la Comisión Europea, no elegidas directamente.

Por otro lado, en el terreno económico nos encontramos con la precarización del empleo, que cada vez ofrece una menor capacidad de generar itinerarios de inclusión social… posibilitando de este modo un mayor “empobrecimiento de la pobreza” y una puesta en cuestión de los pilares del Estado de Bienestar.

CRISIS ÉTICA

Así pues, siguiendo las tesis de Bauman, (Z.Bauman, Modernidad líquida, México, FCE, 2002) la “postmodernidad líquida”, entre otras aspectos, ha puesto en crisis los valores éticos que sustentaban y regulaban nuestras formas de relación.

Siguiendo la metáfora de los líquidos, la característica definitoria de los mismos es la imposibilidad de mantener su forma y, a la vez, su vulnerabilidad.

“La disolución de los sólidos” adquiere el significado de la licuefacción entre los vínculos entre acciones individuales y acciones colectivas. Lo que diferencia a la sociedad actual de aquella de la modernidad en su fase sólida, que buscaba ser duradera y resistente al cambio, es la creciente debilidad de los lazos sociales.

El poder de licuefacción se ha desplazado del “sistema” a la “sociedad”, de la “política” a las “políticas de vida”, ha descendido del “macronivel” al “micronivel” de la cohabitación social. En esta forma privatizada de la modernidad, el peso de las responsabilidades y los fracasos cae primordialmente sobre los hombros del individuo.

Los individuos se ven condenados a buscar soluciones biográficas a contradicciones sistémicas.

En este ambiente se advierte un especial recrudecimiento de la xenofobia, de los fantasmas del tribalismo, al calor de la creciente sensación de inseguridad emergente de la incertidumbre y desprotección de nuestra moderna existencia líquida. “Culpar a los inmigrantes” -los extranjeros, los recién llegados- de la paralizante sensación de inseguridad se va transformando en un hábito político que genera réditos, tal como podemos apreciar en estos días en determinadas fuerzas políticas. Hoy se habla de “la desaparición de la sociedad” y la aparición de un mosaico de destinos individuales sin vínculos con las acciones colectivas…,  lo que nos plantea un serio reto como ciudadanos/as y terapeutas.

Nuestros contemporáneos, se sienten desesperados al sentirse descartables, siempre ávidos de una “mano servicial”, sin embargo, todo el tiempo desconfían del “estar relacionados” sobre todo si es “para siempre”… temen convertirse en una carga y desatar expectativas que no pueden ni desean soportar.

Tras haber pasado de una sociedad de productores a otra de consumidores perpetuos, establecer relaciones para siempre, hablar de compromiso, es una cuestión fuera de sentido. Las relaciones se han convertido en inversiones, en bienes como cualquier otro. “Estar en una relación” significa un montón de dolores de cabeza, pero sobre todo una perpetua incertidumbre. Uno nunca puede estarse verdadera y plenamente seguro de lo que debe hacer, y jamás  tendrá la certeza de que ha hecho lo correcto o de que lo ha hecho en el momento adecuado. Estudiamos detenidamente los siete signos del cáncer o los cinco de la depresión o exorcizamos el espectro de la alta presión sanguínea o del alto nivel de colesterol.”

CRISIS ANTROPOLÓGICA.

Este momento de crisis de modelo también presenta una cara antropológica con una serie de características, al menos en las sociedades occidentales hiperdesarrolladas, muy acertadamente definida por el filósofo coreano Byung-Chul Han.

Este autor sostiene que en el neoliberalismo subyace una forma de poder y control mucho más efectiva que en cualquier otra época. Esto es debido a la forma positiva con la que se muestra.

Mediante la promesa de ser un “proyecto libre que constantemente se replantea y se reinventa” (Han, 2014: 11) se traslada el papel de explotador al propio sujeto, unificando de este modo explotador y explotado en una sola figura, de forma que cada uno se explota a sí mismo.

El filósofo asegura que lo que es verdaderamente libre en esta sociedad es el capital, que los ciudadanos son esclavos con el objetivo de acapararlo y reproducirlo.

La optimización personal es una forma de autoexplotación total. El coaching, la motivación, la competitividad, la optimización… son técnicas que la sociedad abraza para conseguir la productividad ilimitada. Las personas entran en una dinámica de autoexplotación, de autoexigencia, de constante optimización que acaba generando enfermedades como la depresión. En estos casos, no se tiende a pensar que es la dinámica, el sistema, el que ha generado esta ansiedad, sino que se plantea siempre como un fracaso personal. Este tipo de poder inteligente, propio del régimen neoliberal, actúa de forma silenciosa, domina intentando agradar y generando dependencias, “se ajusta a la psique en lugar de disciplinarla” (Han, 2014: 29). Sustituye la libertad por la libre elección y consigue implantar una dependencia tecnológica por el medio del placer.

A su vez este autor nos habla del “tiempo acelerado”, como un tiempo “desnortado”, sin dirección a partir del cual vivimos inmersas en la confusión

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