Salud Mental Líquida… (1)

El pasado miércoles 15 de octubre dinamice un primer módulo de formación dentro del Master de Psicologia de la Intervención Social de la Universidad de Deusto, sobre “Perspectiva relacional en intervención social”

Mi idea era generar una reflexión teórica y experiencial en torno a la perspectiva relacional en la intervención social, en cuyo discurso creo que la psicoterapia tiene mucho que decir.

Dejar un espacio para el contacto, la relación o la emoción dentro del “mundo académico” me parecía muy sugerente, y además me apetecía compartir algunas reflexiones que me preocupan como psicólogo, sobre todo en un contexto donde otros futuros profesionales se están formando.

Por otro lado, escribo estas líneas con la idea de entender nuestra práctica terapéutica en relación con las dinámicas psicosociales que genera nuestro contexto sociocultural más cercano, y que son el fondo de la figura de la persona que acude a terapia, de toda persona…también del o la terapeuta.

Entiendo pues, que el contexto neoliberal (líquido, en terminología de Bauman) es parte del campo en que trabajamos y nos aporta un fondo de experiencia que se encuentra en la base de no pocos malestares modernos.

Así pues, siguiendo las tesis de Bauman, (Z.Bauman, Modernidad líquida, México, FCE, 2002) vivimos en un tiempo, que este autor denomina como “modernidad líquida”.

La característica definitoria de los líquidos es la imposibilidad de mantener su forma y, a la vez, su vulnerabilidad.

“La disolución de los sólidos” adquiere el significado de la licuefacción entre los vínculos entre acciones individuales y acciones colectivas. Lo que diferencia a la sociedad actual de aquella de la modernidad en su fase sólida, que buscaba ser duradera y resistente al cambio, es la creciente debilidad de los lazos sociales.

El poder de licuefacción se ha desplazado del “sistema” a la “sociedad”, de la “política” a las “políticas de vida”, ha descendido del “macronivel” al “micronivel” de la cohabitación social. En esta forma privatizada de la modernidad, el peso de las responsabilidades y los fracasos cae primordialmente sobre los hombros del individuo. Los individuos se ven condenados a buscar soluciones biográficas a contradicciones sistémicas.
En este ambiente se advierte un especial recrudecimiento de la xenofobia, de los fantasmas del tribalismo, al calor de la creciente sensación de inseguridad emergente de la incertidumbre y desprotección de nuestra moderna existencia líquida. “Culpar a los inmigrantes” -los extranjeros, los recién llegados- de la paralizante sensación de inseguridad se va transformando en un hábito político que genera réditos, tal como podemos apreciar en estos días en determinadas fuerzas políticas. Hoy se habla de “la desaparición de la sociedad” y la aparición de un mosaico de destinos individuales sin vínculos con las acciones colectivas lo que nos plantea un serio reto como ciudadanos/as y terapeutas.

“El deseo es el anhelo de consumir, de absorber, devorar, ingerir y digerir, de aniquilar. El deseo no necesita otro estímulo más que la presencia de la alteridad. Esa presencia es siempre una afrenta y una humillación”. Zygmunt Bauman (Polonia, 1925) Amor líquido.

Nuestros contemporáneos, dice Bauman, desesperados al sentirse descartables, siempre ávidos de una “mano servicial”, sin embargo, todo el tiempo desconfían del “estar relacionados” sobre todo si es “para siempre”, temen convertirse en una carga y desatar expectativas que no pueden ni desean soportar.

Tal vez decir “deseo” sea demasiado, nos recuerda Bauman. Como en los shoppings: los compradores de hoy no compran para satisfacer su deseo, sino que compran por ganas. Lleva tiempo sembrar, cultivar y alimentar el deseo. El deseo necesita tiempo para germinar, crecer y madurar. A medida que el “largo plazo” se hace cada vez más corto, la velocidad con que madura el deseo, no obstante, se resiste con terquedad a la aceleración; el tiempo necesario para recoger los beneficios de la inversión realizada en el cultivo del deseo parece cada vez más largo, irritante e insoportablemente larga. Al igual que otros productos, la relación es para consumo inmediato (no requiere una preparación adicional ni prolongada) y para uso único, “sin perjuicios”. Primordial y fundamentalmente, es descartable. Si resultan defectuosos o no son “plenamente satisfactorios”, los productos pueden cambiarse por otros, que se suponen más satisfactorios. Pero aun en el caso de que el producto cumpla con lo prometido, ningún producto es de uso extendido: después de todo coches, móviles, ordenadores perfectamente usables y que funcionan relativamente bien van a engrosar la pila de desechos con pocos o ningún escrúpulo en el momento en que sus “versiones nuevas y mejoradas” aparecen en el mercado y se convierten en comidilla de todo el mundo.

Tras haber pasado de una sociedad de productores a otra de consumidores perpetuos, establecer relaciones para siempre, hablar de compromiso, es una cuestión fuera de sentido. Las relaciones se han convertido en inversiones, en bienes como cualquier otro. “Estar en una relación” significa un montón de dolores de cabeza, pero sobre todo una perpetua incertidumbre. Uno nunca puede estar verdadera y plenamente seguro de lo que debe hacer, y jamás tendrá la certeza de que ha hecho lo correcto o de que lo ha hecho en el momento adecuado. Estudiamos detenidamente los siete signos del cáncer o los cinco de la depresión o exorcizamos el espectro de la alta presión sanguínea o del alto nivel de colesterol.

Buscamos objetivos sustitutos en los que descargar el aumento de miedo existencial, al que se le han cerrado sus salidas habituales, y los encontramos en no inhalar el cigarrillo de otro, no comer comida con grasa o bacterias perjudiciales, no exponernos al sol o al sexo sin protección, o poniendo guardias armados o tomando clases de artes marciales. Ley y orden, reducido todo a seguridad personal, es la base de muchas ofertas políticas.

Por tanto, los triunfadores en esta sociedad son las personas ágiles, ligeras y volátiles como el comercio y las finanzas. Personas hedonistas y egoístas, que ven la novedad como una buena noticia, la precariedad como un valor, la inestabilidad como un ímpetu y lo híbrido como una riqueza.
En un mundo de carácter empresarial y práctico como el que vivimos (un mundo que busca el beneficio inmediato), todo aquello que no pueda demostrar su valor con cifras es muy arriesgado. Por tanto, materias de estudio como la historia, la música, la filosofía…, que contribuyen al desarrollo del ser humano, más que una ventaja social, política o económica son un peligro. Porque el ser humano ha dejado de tener valor “humano” para pasar a ser un simple objeto de producción o consumo.

La sociedad obliga a ser únicos, pero ella misma da las pautas para conseguirlo. Para satisfacer esa necesidad de individualidad, nada de buscar en nuestro interior: la autenticidad se encuentra bebiendo un determinado producto, llevando una marca de ropa interior, hablando con un determinado móvil, conduciendo un determinado coche… Todos llevan o quieren llevar las mismas marcas, van o quieren ir de vacaciones a los sitios que se han puesto de moda, leen los mismos best sellers… y todos se creen singulares.

La lucha por la singularidad se ha convertido en el principal motor, tanto de la producción en masa como del consumo en masa. Todos son singulares utilizando las mismas marcas y aparatos, y serán más o menos singulares dependiendo de la capacidad de compra y actualización de los objetos, y ésto, evidentemente, requiere dinero.
A este individuo asediado Bauman lo define como homo eligens, hombre elector (que no hemos de confundir con el ser humano que realmente elige). 

El homo eligens es un yo permanentemente impermanente, completamente incompleto, definidamente indefinido, auténticamente inauténtico.

(Continúa en dos próximos posts)

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